Después del difícil viaje en el mar, Pablo finalmente llegó a Roma. Aunque estaba como prisionero, recibió permiso para vivir en una casa. Un soldado lo vigilaba constantemente mientras permanecía allí.
Sin embargo, Pablo no dejó de servir a Dios. Muchas personas llegaban para escuchar sus enseñanzas. Él aprovechaba cada oportunidad para hablar de Jesús. Las dificultades no detuvieron su amor por el evangelio.
Pablo continuaba predicando fielmente. Él comprendía que cada persona debe decidir por sí misma. Nuestro deber es compartir el evangelio con amor. Dios se encarga de tocar los corazones. Nunca debemos cansarnos de hablar de Cristo.
Durante dos años Pablo permaneció enseñando en Roma. Recibía a todos con alegría y bondad. Aunque era prisionero, espiritualmente era libre en Cristo. Nada pudo detener el mensaje del evangelio.
La historia de Pablo nos enseña fidelidad y perseverancia. Debemos servir a Dios en cualquier lugar donde estemos. Los niños también pueden hablar de Jesús a otros. Dios usa a quienes tienen un corazón dispuesto.