Mientras Pablo y Silas predicaban, encontraron a una joven esclava. Ella estaba siendo usada por hombres que buscaban dinero. Pablo, con el poder de Dios, ayudó a la muchacha. Los dueños se enojaron porque ya no ganarían dinero.
Entonces acusaron falsamente a Pablo y Silas. Los golpearon y los llevaron a la cárcel. Aunque eran inocentes, tuvieron que sufrir mucho. A veces hacer lo correcto puede traer dificultades.
En la cárcel, Pablo y Silas no se llenaron de tristeza. En lugar de quejarse, comenzaron a orar y cantar himnos. Los otros presos escuchaban sorprendidos aquellas alabanzas. Ellos confiaban en Dios aun en medio del dolor.
De repente ocurrió un gran terremoto. Las puertas de la cárcel se abrieron y las cadenas cayeron. Dios mostró su poder de una manera maravillosa. El Señor escucha las oraciones de sus hijos.
El carcelero pensó que los presos habían escapado. Estaba muy asustado. Pero Pablo le dijo que todos seguían allí. Entonces el carcelero preguntó cómo podía ser salvo. Pablo le habló de Jesús y toda su familia creyó aquella misma noche.